Con los pies descalzos los niños corrían por las calles como si fueran bestias salvajes que en manada se desplazan dejando como única huella en la distancia una cortina de polvo que hacia recordar la ausencia de agua de los últimos meses en todo el valle.
Las señoras, como toda ama de casa honesta despertaban antes que el gallo cantara para dedicarse a sacudir aquí y barrer allá, labor que repetían aun sin sentido ya que poseían muy pocas cosas que requirieran aquel cuido tan minucioso al que se habían acostumbrado. El olor del café y la leña quemada indicaban que el desayuno estaba listo y que ellas partirían hacia "la mano de Dios" que así llamaban al ojo de agua que mantenía vivo a San Gabriel a pesar de la sequía.
A la mitad del camino estaba el paraje que permitía la mejor vista del pueblo, en aquel lugar los jóvenes enamorados inspirados por los vientos de octubre se regocijaban en un abrazo tímido mientras veían los techos rotos que ordenados en cinco calles de oriente a poniente hacían ver a San Gabriel como un gran pueblo ordenado y prospero.
Allí se detuvo la nana Marta espantada por aquello que sus ojos veían pero su corazón no quería creer...
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